"el beso más dulce no son dos bocas que danzan al unisono, sino dos miradas que se entrelazan eternizando los momentos" ACMG

miércoles, 20 de junio de 2012

Nubes

La mañana era perfecta para soñar, el sol se había escondido tras las nubes y podía ver el cielo sin quedar ciega. El color gris le parecía un enorme bastidor, le invitaba a pintar cosas y a llenarlo de colores, de sueños, de aquel amor que se guardaba en ella esperando ser encontrado.

Su madre la había mandado a buscar leña, pero prefirió quedarse un rato a contemplar el cielo. Comenzó a buscar formas en la nubes. Esa tenía forma de algo, así que la tomó y le dio forma de eso. Con los pedazos que le sobraron de nube le confeccionó ropa. Unos pantalones, una camisa, huaraches y un sombrero. No quiso ponerle nombre porque aún no lo conocía. Se sentaron en el pasto a contemplar lo que habia. Vieron los árboles que crecían más allá del prado; la paloma que se acurrucaba en su nido y cubría a sus pichones; las casas del pueblo vecino; la señora que estaba haciendo las tortillas y el humo que salía de su fogón; los niños que se aferraban a sus cobijas porque tenían frío y a su mamá que los amenazaba dulcemente para que se levantaran. Veían y olían más allá de lo que sus sentidos alcanzaban, la llovizna les traía los olores y las imágenes y los empapaban de ellos.

Después tomaron otra nube, cortaron juntos un perro. Le hicieron un petate para que durmiera. Cuando despertó fueron a correr. Juntaron flores y volvieron a mitad del prado. Hicieron pinceles con las ramas del mezquite y comenzaron a iluminar el cielo. Pintaron una casa, amplia y con grandes ventanas; una choza al lado con un fogón para hacer las tortillas, un metate para moler el maíz, un molcajete para a salsa, en la esquina se apilaba la leña, y había cazuelas de todos tamaños. La casa estaba llena de colores y de vida.

Fueron a buscar más nubes. Encontraron las perfectas y recortaron dos esos más. Un niño y una niña. Les confeccionaron ropa también. Enaguas de colores, blusas blancas con hermosos bordados y listones de colores para las trenzas de la niña; pantalones, camisas y huaraches para el niño. Les hicieron juguetes y fueron al prado a jugar. Todo era perfecto, suave y cariñoso. De pronto el cielo gritó y comenzó a llorar de alegría. Tuvo que despedirse de todos. Los dejó ir. Tomó su envuelto de leña, se recogió la falda y se fue corriendo a su casa. Dibujando espirales de colores con la falda y arcoiris con las trenzas que volaban por el aire.

viernes, 15 de junio de 2012

Las Flores

Ay! ven y cuéntame una historia que me haga sentir bien
Yo te escuchare
con todo el silencio del planeta
y miraré tus ojos
como si fueran los últimos de este país
(Café Tacvba)


El café “Las Flores” siempre había sido famoso por sus meseras, era el único de ese estilo por el lugar y Héctor siempre iba a visitarlo. Al principio le daba pena que lo vieran salir de ahí, pero con el paso del tiempo se dio cuenta de que había más homosexuales de los que nunca imaginó. Iba por las mañanas a desayunar, se sentaba en el rincón de la terraza, prendía un cigarro y leía el diario. Casi siempre leía solamente la sección de sucesos, a veces se entristecía de todas las matanzas que había en el país. Una mañana una de las meseras se le acercó y le pidió un cigarro, extendió la cajetilla sin dejar de leer. La chica pidió permiso para sentarse y él contestó con una inclinación de la cabeza.
- Es mi primer día y ando muy nerviosa.
- ¿Sí?
- Si, me da miedo conocer a alguien y enamorarme de él.
Ante esta respuesta Héctor levantó la mirada. La mesera era morena, alta, de cabello rizado y corto. Tenía unos grandes ojos cafés, expresivos y parecía mirar con rechazo mientras te desafiaba a acercarte.
- Me llamo Israel.
- Hugo mucho gusto- contestó extendiendo la mano para saludar
- Pero que manos tan hermosas tienes guapo- dijo Israel entre risas. Acto seguido apagó la colilla del cigarro, se levantó, dio las gracias y se alejó guiñando un ojo. Después de ese encuentro, Israel se sentaba en silencio junto a él, tomaba un cigarrillo y después se alejaba. Un día dejó una nota junto a la cajetilla. Era su dirección y número telefónico. Lo guardó en la cartera con miedo y sorpresa. Al día siguiente no sólo fue a desayunar, regresó por la noche para cenar.
- Salgo a las nueve- dijo Israel al pasar junto a Héctor- Puedes esperarme en el parque que está a la vuelta, o puedes esperarme aquí, como tú quieras.
Y se alejó con una sonrisa en la cara y dejándolo sin poder mover un músculo. Cenó y se quedó un rato leyendo. No sabía ni cuál era el título del libro, estaba nervioso pensando en sí debería irse o quedarse. De pronto unas manos le rodearon el cuello.
- Me han dejado salir temprano, podemos irnos.
Pagaron y salieron. Caminaron por la avenida y llegaron al parquecito que Israel había mencionado. Se sentaron en silencio en una banca. Se tomaron de la mano, se besaron y después permanecieron abrazados hasta entrada la noche. Se despidieron y cada uno caminó hacia su casa. Ahora iba todos los días a desayunar y a cenar. Esperaba a que Israel saliera y después iban al centro, o al cine, o al parque, o a cenar, o a su casa. A los dos meses le dijo que estaba enamorado de él. Héctor le propuso que se mudara a su casa y vivir juntos. La siguiente semana Israel estaba ya instalado.
Eran muy felices juntos, compartían muchos gustos. Amaban ver películas por las noches, despertarse a ver el amanecer, caminar en silencio por la noche, leer un buen libro los fines de semana en alguna plaza del centro, ir de compras y mirar las estrellas. Olvidaron la vergüenza y caminaron juntos de la mano por las calles. No les importaban las miradas ni los susurros.
Un lunes las cosas cambiaron, el periódico anunciaba el asesinato de 4 homosexuales en la ciudad. Héctor volvió a tener miedo, y esa noche habló de eso con Israel. Tenía razón, la homofobia había existido desde siempre, los ataques eran constantes pero no siempre salían en los periódicos. Esa no era razón para cambiar su vida. Las cosas siguieron igual. Un día Israel llegó con bolsas de ropa colorida, había ido de compras. Le avisó a Héctor que quería ir a la marcha de orgullo gay y le pidió que lo acompañara. Al día siguiente ambos estaban marchando por Reforma.
El siguiente lunes Héctor fue despedido del trabajo con el pretexto de que necesitaban un recorte de personal. Regresó a casa y pasó al café, Israel pidió permiso para salir antes y volvieron juntos su departamento. En el camino las miradas de los demás parecían tener más odio que nunca, un hombre les escupió mientras pasaban. Estuvieron en silencio toda la tarde hasta que Héctor rompió a llorar. Se quejó de las injusticias, de la discriminación, de todo lo que le tocaba sufrir por ser homosexual, lloró en el regazo de Israel hasta caer dormido. A la mañana siguiente despertó y encontró un periódico con algunos anuncios de trabajo marcados con pluma y una nota de Israel que le deseaba suerte.
Pronto consiguió trabajo en otro despacho de abogados, tenía una buena fama y lo contrataron inmediatamente. Pasaron los días y todo iba mejorando, hasta que un día recibió una llamada de Israel al mediodía, se le hizo raro , nunca llamaba a la hora del trabajo. Acababan de pasar dos coches frente a la cafetería y habían aventado piedras, algunos clientes fueron heridos y él tenía un corte en un brazo. Héctor fue hacia su departamento. Pensaron seriamente en mudarse, pero Israel insistió en que iban a hacer denuncias y que seguramente había sido algo ocasional.
Llegó el verano y se fueron de vacaciones a una playa de homosexuales, se sintieron totalmente libres y seguros. Cuando regresaron encontraron el departamento en desorden, alguien había entrado. En la puerta había un letrero con aerosol verde que decía “Largo maricones”. Fueron a hablar con el dueño del condominio y él les dijo que no podía hacer nada. Se mudaron a un hotel temporalmente. Al día siguiente fueron a la cafetería, había cerrado porque la incendiaron. Todo parecía ir peor, los ataques a homosexuales se habían hecho más intensos.
El dueño del café se había mudado de ciudad. Se sentaron en la ventana a mirar la ciudad, era hermosa. Sus grandes edificios arquitectónicos, el ensordecedor ruido de los coches, el cielo negro, los puestos ambulantes en las aceras, las mareas de gente que iban y venía. Se besaron, se miraron, se abrazaron y dejaron que el aire les hiciera llorar los ojos mientras caían desde el catorceavo piso del hotel.