La mañana era perfecta para soñar, el sol se había escondido tras las nubes y podía ver el cielo sin quedar ciega. El color gris le parecía un enorme bastidor, le invitaba a pintar cosas y a llenarlo de colores, de sueños, de aquel amor que se guardaba en ella esperando ser encontrado.
Su madre la había mandado a buscar leña, pero prefirió quedarse un rato a contemplar el cielo. Comenzó a buscar formas en la nubes. Esa tenía forma de algo, así que la tomó y le dio forma de eso. Con los pedazos que le sobraron de nube le confeccionó ropa. Unos pantalones, una camisa, huaraches y un sombrero. No quiso ponerle nombre porque aún no lo conocía. Se sentaron en el pasto a contemplar lo que habia. Vieron los árboles que crecían más allá del prado; la paloma que se acurrucaba en su nido y cubría a sus pichones; las casas del pueblo vecino; la señora que estaba haciendo las tortillas y el humo que salía de su fogón; los niños que se aferraban a sus cobijas porque tenían frío y a su mamá que los amenazaba dulcemente para que se levantaran. Veían y olían más allá de lo que sus sentidos alcanzaban, la llovizna les traía los olores y las imágenes y los empapaban de ellos.
Después tomaron otra nube, cortaron juntos un perro. Le hicieron un petate para que durmiera. Cuando despertó fueron a correr. Juntaron flores y volvieron a mitad del prado. Hicieron pinceles con las ramas del mezquite y comenzaron a iluminar el cielo. Pintaron una casa, amplia y con grandes ventanas; una choza al lado con un fogón para hacer las tortillas, un metate para moler el maíz, un molcajete para a salsa, en la esquina se apilaba la leña, y había cazuelas de todos tamaños. La casa estaba llena de colores y de vida.
Fueron a buscar más nubes. Encontraron las perfectas y recortaron dos esos más. Un niño y una niña. Les confeccionaron ropa también. Enaguas de colores, blusas blancas con hermosos bordados y listones de colores para las trenzas de la niña; pantalones, camisas y huaraches para el niño. Les hicieron juguetes y fueron al prado a jugar. Todo era perfecto, suave y cariñoso. De pronto el cielo gritó y comenzó a llorar de alegría. Tuvo que despedirse de todos. Los dejó ir. Tomó su envuelto de leña, se recogió la falda y se fue corriendo a su casa. Dibujando espirales de colores con la falda y arcoiris con las trenzas que volaban por el aire.
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